Hay personas a las que admiramos por lo que hacen, otras por lo que representan y unas pocas muy especiales por ambas cosas. Para mí, el chef José Andrés es una de ellas.
Hace unos días, tuve el privilegio de conocerlo en persona. Y aunque debo confesar que también me encanta su comida, mi admiración por él comenzó mucho antes de que me sentara a disfrutar de una comida en uno de sus restaurantes.
Todo comenzó en 2017, cuando el huracán María devastó Puerto Rico. Mientras miles de familias luchaban por sobrevivir sin electricidad, agua ni otros servicios básicos, José Andrés llegó a nuestra isla para dar de comer a quienes más lo necesitaban. Pero hizo algo aún más importante: involucró a los propios puertorriqueños en la solución, ayudándoles a organizarse y a atender a sus propias comunidades.
Mis padres estuvieron ocho meses sin electricidad tras el paso del huracán María.¡Ocho meses!Por eso, cada vez que veía lo que José Andrés y su organización, World Central Kitchen, estaban haciendo, no podía evitar sentir una profunda gratitud. No tenía por qué estar allí, pero decidió estarlo.
Años más tarde, durante la pandemia, recuerdo haber hablado con un empleado de Jaleo que me comentó lo agradecido que se sentía por haber podido conservar su trabajo en unos momentos tan inciertos. Esa conversación hizo que mi admiración por el chef se hiciera aún mayor, no solo como persona solidaria, sino también como líder.
Así que ya te puedes imaginar lo emocionado que estaba cuando por fin tuve la oportunidad de escucharle hablar en persona.
Empezó hablando de su infancia y de las croquetas.¡Sí,croquetas!Nos contó que, cuando era pequeño, en su casa eran el plato típico de fin de mes, algo que su familia preparaba cuando tenían que aprovechar al máximo los restos de comida que quedaban.
Inmediatamente pensé en tantas familias que saben lo que significa hacer quecada dólar cunda, o como decimos en Puerto Rico,«estirar el pesito».
Me identifico profundamente con historias como estas. Quizá porque yo también sé lo que significa proceder de una familia humilde, trabajar duro y descubrir que nuestras circunstancias no tienen por qué determinar hasta dónde podemos llegar.
A continuación, compartió una lección que le había enseñado su padre y que me pareció extraordinaria. Cuando tenía unos 12 años, quería cocinar, pero su padre le enseñó que, antes de nada, tenía que aprender a controlar el fuego.
¡Qué lección tan sencilla y, a la vez, tan profunda!
En la cocina, si el fuego es demasiado fuerte, la comida se quema, pero si es demasiado débil, queda cruda. Y pensé: «¿No se parece eso mucho a la vida?».
A veces dejamos que la pasión, las emociones o nuestro deseo de ayudar se impongan, y actuamos sin pensar en las consecuencias. Pero otras veces, por miedo, inseguridad o simplemente por comodidad, no hacemos lo suficiente y las cosas quedan a medias.
No se trata de apagar el fuego ni de dejar que nos consuma. Se trata de aprender a utilizarlo para transformarnos.
Y entonces José Andrés compartió una frase que encajaba a la perfección con esa lección:
«Hacer el bien no es suficiente. Debemos hacer el bien de forma inteligente».
¡Vaya! ¿Qué sentido tiene eso?
Enseguida recordé lo que ocurrió tras la masacre en la discoteca Pulse de Orlando en 2016.
Hispanic Family Counseling fue una de las primeras organizaciones en responder a las necesidades de salud mental de nuestra comunidad. En medio de tanto dolor y desesperación, se me ocurrió lo que en aquel momento me pareció una idea maravillosa: ofrecer asesoramiento gratuito a cualquiera que lo necesitara.
Y eso es exactamente lo que hicimos.
Pero, aproximadamente un mes después, me di cuenta de algo que nunca he olvidado: lo estábamos haciendo bien, pero no de forma inteligente. Nuestra iniciativa, aunque estaba llena de buenas intenciones, no era sostenible.
Afortunadamente, nuestra comunidad se movilizó. Organizaciones como la Federación Hispana, Central Florida Cares, la Fundación Central Florida y United Way, entre otras, nos proporcionaron el apoyo que necesitábamos para seguir prestando nuestros servicios.
Esa experiencia me enseñó que las buenas intenciones son importantes, pero no bastan.
La compasión nos impulsa a actuar; la estrategia nos permite seguir adelante.
Y al recordar cómo nuestra comunidad se unió tras aquella tragedia, otra de las declaraciones de José Andrés cobró un significado muy especial:
«En los peores momentos de la humanidad, siempre sale a relucir lo mejor de ella».
¡Qué verdad tan poderosa!
Lo vimos tras el huracán María. Lo vivimos tras el tiroteo en Pulse. Lo hemos visto durante desastres naturales, pandemias y tantas otras tragedias.
En medio del sufrimiento, siempre hay personas dispuestas a echar una mano, a compartir lo poco que tienen o, simplemente, a estar al lado de alguien que está pasando por uno de los momentos más difíciles de su vida.
Y eso es precisamente lo que admiro de José Andrés. No se limita a reconocer una necesidad y a sentir compasión. Busca formas de dar respuesta, movilizar recursos, involucrar a las comunidades y asegurarse de que la ayuda llegue a quienes realmente la necesitan.
Pero hubo otra reflexión durante su presentación que me impactó aún más profundamente.
Al hablar de su labor humanitaria en Gaza e Israel, contó que algunas personas le preguntaban por qué ayudaba a la otra parte del conflicto.
Según él mismo explicaba, cuando la gente le preguntaba por qué había ido a Israel, su respuesta era que allí había personas que necesitaban ayuda. Y cuando le preguntaban por qué había ido a Gaza, su respuesta era exactamente la misma.
Por último, cuando le preguntaron de qué lado estaba, su respuesta fue tan sencilla como contundente:
Del lado de la humanidad.
¡Vaya! ¡Menuda respuesta!
En un mundo en el que nos vemos constantemente presionados a tomar partido, donde las diferencias políticas, religiosas y culturales parecen dividirnos cada día más, ¿qué pasaría si empezáramos por reconocer nuestra humanidad común?
¿En qué momento permitimos que nuestras diferencias determinaran quién merece nuestra compasión?
No hace falta que estemos de acuerdo con las creencias, decisiones o ideologías de otra persona para reconocer su sufrimiento.
El sufrimiento humano no debería tener nacionalidad, religión ni afiliación política. Y la compasión, menos aún.
Pero escuchar a José Andrés también me hizo reflexionar sobre algo más personal: nuestra responsabilidad de actuar.
Durante su intervención, contó que, ante el sufrimiento de tanta gente, se preguntó por qué no había hecho nada al respecto.
Y esa pregunta se me quedó grabada.
Porque es fácil admirar a las personas que hacen cosas extraordinarias, pero ¿cuántas veces nos paramos a pensar en lo que podríamos estar haciendonosotros?
No hace falta ser José Andrés para marcar la diferencia. No todos contamos con sus recursos, su plataforma ni su capacidad para movilizar a miles de personas. Pero todos tenemos algo que aportar.
Nos recordó que todo empieza con cada comida.
Una comida. Una persona. Una acción.
A veces queremos cambiar el mundo y nos sentimos abrumados porque no sabemos por dónde empezar. Pensamos que para marcar la diferencia hay que hacer algo extraordinario.
Pero, ¿y si empezáramos por lo cotidiano?
Con esa persona que necesita que alguien la escuche. Con el vecino que está solo. Con la familia que está pasando por una crisis. Con alguien a quien podamos tender la mano sin esperar nada a cambio.
Y si hay algo que aprendí de esa conversación, es que querer ayudar no basta. Tenemos que atrevernos a actuar, pero también debemos pensar en cómo lograr que nuestras acciones generen un cambio duradero.
Esa experiencia me hizo admirar aún más a José Andrés, pero también me llevó a plantearme algunas preguntas.
Porque la admiración puede inspirarnos, pero son nuestras acciones las que pueden transformar vidas.
Y hoy quiero dejaros con dos preguntas:
¿Qué es lo que no estás haciendo con los recursos de los que ya dispones?
Y quizá lo más importante:
Cuando la humanidad te necesite, ¿de qué lado te pondrás?
Vivimos en una época en la que las guerras, las divisiones, los prejuicios y la discriminación parecen ocupar cada vez más espacio en nuestras vidas. Una época en la que se ha vuelto demasiado fácil señalar nuestras diferencias y demasiado difícil reconocer lo que nos une.
Pero no podemos permitir que nuestras diferencias nos hagan olvidar nuestra humanidad.
Quizás nunca tengamos que alimentar a miles de personas ni hacer frente a una tragedia mundial. Pero cada día tenemos la oportunidad de marcar la diferencia.
A veces basta con escuchar, tender la mano o, simplemente, reconocer la dignidad de alguien que piensa, cree o vive de forma diferente a nosotros.
Y quizá ahí es donde empieza lo mejor de la humanidad: cuando dejamos de preguntarnos quién va a hacer algo y decidimos quenosotros mismospodemos ser esa persona.
Porque en un mundo que parece empeñado en dividirnos, mi esperanza es que sigamos el ejemplo de José Andrés y decidamos, cada día, ponernos del lado de la humanidad.
por: Dra. Denisse Centeno Lamas, DSW, LCSW-QS

